lunes, 23 de mayo de 2011

Un descontento general (2)

Hartos de estafas e impunidad          
 Juan Torres y Carlos Martínez

21 Mayo 2011



No hace falta mucho debate para entender lo que piden, lo que pedimos. Es bastante elemental: Que los culpables paguen el daño que han causado, que si antes han salvado tan generosamente a los ricos, salven ahora a las personas, y que se garantice que las decisiones que se toman en las instituciones políticas sean las que hayamos decidido los ciudadanos y ciudadanas cuando elegimos a nuestros representantes y no, como está sucediendo, las que imponen los banqueros y grandes propietarios para salvar solamente sus intereses egoístas.
 La inmensa mayoría de políticos,  periodistas y tertulianos no han querido oír en los últimos tiempos a los jóvenes con tasas de paro del 45%; ni a las miles de personas que reclamaban al Banco de España y los tribunales que los defiendan de las estafas de los bancos en forma de contratos de swaps, clips y demás engaños; ni a los cientos de miles de familias que han perdido la vivienda; ni a las docenas de miles de pequeños y medianos empresarios que cierran sus empresas porque no reciben ni un euro de bancos que usan las ayudas públicas para seguir especulando; ni a los padres y madres de familia que tienen cada vez más dificultades para llegar a fin de mes mientras los beneficios de las grandes empresas y bancos se disparan; ni a quienes decíamos que las medidas que se estaban tomando no eran para resolver la crisis sino para que quienes la habían provocado salieran de ella con más poder y más beneficios; ni a quienes empezaban a sentirse indignados porque el gobierno llamara a La Moncloa para crear empleo a los grandes directivos de las empresas y bancos que más puestos de trabajo han destruido en los últimos años.

Han estado haciendo oídos sordos a todo esto. Nunca hablan de que los bancos matan de hambre a la gente ni explican cómo les engañan y quitan sus viviendas. Y ahora que la gente reacciona y sale a la calle harta de todo eso, quieren ser ellos los grandes intérpretes de lo que está pasando.
Pero se van a equivocar de nuevo.

Lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir en nuestras calles es bastante más sencillo de lo que parece. La gente ve, la gente lee y la gente entiende mucho más de lo que le ofrecen los medios propiedad de los bancos y de las grandes empresas que solo programan bazofia para que la mayoría de la gente ni vea, ni piense, ni sepa nada inconveniente para ellos. Cada vez más gente entra internet y habla con otras gentes para informarse por otras vías y ha empezado a descubrir que Botín, Miguel Angel Fernández Ordoñez, Francisco González, Rajoy, Esperanza Aguirre, Zapatero y compañía han montado una estafa colosal y que ya se ha empezado a cansar de soportarla.

Se han dado cuenta de que sí sabían que se iba a producir una crisis de gran envergadura pero que la ocultaron para que no se viera la responsabilidad criminal de quienes la habían provocado, los bancos y las autoridades de los gobiernos y los bancos centrales que miraban a otro lado.
Se han dado cuenta de que las multimillonarias ayudas que le dieron a los bancos con la excusa de que así se iba a reactivar el crédito para que no se siguiera perdiendo empleo ha sido también mentira porque lo que han hecho los bancos con ese dinero ha sido emplearlo en especular con la deuda de los gobiernos y así extorsionarlos mediante el auténtico terrorismo financiero que practican las agencias de calificación para exigirles reformas que les den aún más ventajas.

Se han dado cuenta de que la reforma laboral, la de las pensiones, de las becas y ayudas a la educación, el recorte de salarios y las que vendrán para modificar la negociación colectiva o para privatizar los servicios públicos no tienen nada que ver con las causas de la crisis, sino que son la forma de abrir nuevos negocios para que sigan forrándose los mismos de siempre.

Y la gente empieza a darse cuenta de que ya no se puede soportar tanto engaño en nuestra vida política, con cientos de cargos imputados por corrupción sin que los dirigentes de los partidos les digan nada, con un bipartidismo favorecido por una ley electoral sencillamente no democrática, por créditos bancarios que nunca devuelven y por medios de desinformación propiedad de las grandes fortunas o de empresas y bancos que solo informan de lo que les conviene. Es decir, miles de personas se han dado cuenta ya de que no vivimos en una democracia y que, por tanto, hay que reclamar la Democracia Real cuanto antes.
Eso no es todo, porque también hay algo más.
La gente que está en las calles, la que apoya a la que ya está en la calle y la que se va a ir sumando a la calle SÍ TIENE ALTERNATIVAS aunque los políticos convencionales se empeñen en descalificarnos diciendo que somos antisistema (cuando en realidad es el sistema el que es anti-nosotros) que solo sabemos protestar y decir que no.
Somos muchos y de sensibilidades variadas pero basta ver los documentos que han ido circulando llamando a las manifestaciones para percibir que hay cuestiones comunes y básicas que nos unen a todos porque, por encima de nuestras diferencias, somos, sobre todo y simplemente, ciudadanos y ciudadanas que lo que queremos es algo tan elemental como democracia real y justicia de verdad.

Entre otras demandas que pueden verse en los documentos de Democracia Real Ya u otras organizaciones que apoyan las movilizaciones, como ATTAC, queremos que haya una ley electoral que no sea discriminatoria, que garantice la igualdad de todos las personas ante los procesos electorales, queremos una jurisdicción que expulse de la vida política a los corruptos, queremos leyes de medios que garanticen pluralidad y no la concentración perversa de ahora….

Queremos normas que garanticen que los banqueros y las grandes patronales no puedan extorsionar a los gobiernos ni imponer su voluntad a los poderes representativos. Queremos que las decisiones económicas las tomen aquellos que hemos elegido para que las tomen, y no otros disfrazados de mercados. Y que los mercados estén sometidos a la ética de la satisfacción social y no a la del lucro sin cese.

Queremos recobrar las empresas que los gobiernos concedieron a bajo precio a capitales privados y que ahora se llevan nuestro capital y beneficios a otros lugares despidiendo a nuestros conciudadanos y prestando servicios mucho peores y más caros.
Queremos una banca pública controlada estrictamente para que garantice financiación a los pequeños y medianos empresarios y a las familias.
Queremos medidas de urgencia para que se investigue a los responsables de la crisis y paguen con dinero y cárcel por sus estafas, engaños y crímenes económicos en aquí y en los paraísos fiscales.
Queremos una reforma fiscal que acabe con la injusta situación actual que permite que los más ricos prácticamente no paguen y que hace recaer la mayor carga impositiva en los asalariados y pequeños y medianos empresarios de rentas más bajas, arruinando así a las clases medias y trabajadoras que son el sostén de las democracias.

Queremos que los poderes públicos impidan desde ya que siga habiendo miles de familias que pierden sus viviendas a manos de las entidades financieras, que se penalicen las actividades especulativas y que nuestro patrimonio natural y ambiental se siga destruyendo como hasta ahora solo para que ganen dinero unos pocos desalmados.
Esto es más o menos lo que quieren estas personas, jóvenes y más maduras, que han irrumpido en nuestras calles como un tsunami que durará mucho más de lo que algunos se creen.
No hace falta mucho debate para entender lo que piden, lo que pedimos. Es bastante elemental:

Que los culpables paguen el daño que han causado, que si antes han salvado tan generosamente a los ricos, salven ahora a las personas, y que se garantice que las decisiones que se toman en las instituciones políticas sean las que hayamos decidido los ciudadanos y ciudadanas cuando elegimos a nuestros representantes y no, como está sucediendo, las que imponen los banqueros y grandes propietarios para salvar solamente sus intereses egoístas.
Eso es todo lo que exigimos. De momento.

Por Juan Torres López,
 Catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla es miembro del Comité científico de ATTAC-España (www.juantorreslopez.com)
y Carlos Martínez,
 Politólogo y ex-Presidente de ATTAC España (carlosmartinezblay.blogspot.com)

Un descontento general

1. Entrar en la “La plaza de la solución”
                                               Benjamín Forcano

Desde hace años, economistas, intelectuales, politólogos y otros analistas denuncian la crisis de nuestro planeta, una crisis estructural y terminal, que golpea  a la humanidad y a la madre tierra: “grito de los pobres, grito de la tierra”. Alarma que ha sido escuchada pero sin  incomodar a los políticos y a los especuladores  financieros.  Nada se movía. Los que debían poner remedio parecían destinados a someterse a  la dictadura de los que detentan el poder económico, cegados   por  sus intereses  y no por el bien y derechos del pueblo.
 Teniendo sometidos a los políticos, todo lo tienen atado, aunque truene el clamor  de la sociedad. La ola de reconcomida indignación subía y  ha estallado en este 15 de mayo, en la Puerta del Sol y en mil plazas de España. Sin violencia, sin palabras huecas, sin reivindicaciones sectarias.
Era palmario el derecho  de que la política somos los ciudadanos, la elegimos, la pagamos y debe hacerse  en nombre nuestro y a beneficio de todos. Ha sido un rejonazo de muerte en medio de la rutina y las contradicciones de la maquinaria electoral. Ha salido al aire  lo que todos sabíamos:   falsas promesas, hostilidades de  partidos,  corrupciones descaradas, sueldos escandalosos, ambición del poder, leyes anacrónicas,  olvido  de los problemas   de los ciudadanos.
          Y hay quien busca en todo esto improvisación,   torcidos manejos, ingenuidades infantiles, anarquismo destructor. No, simplemente el estallido de una indignación que rompe la inercia del miedo, de la humillación, de la  tiranía económica, de la mercantilización de nuestra existencia. Hay recursos para todos vivir dignamente. Pero la arisca realidad nos enfrenta a la locura del armamentismo, de las guerras, de los despilfarros y de las desigualdades más lacerantes. Hay que mover a quienes nos representan en democracia y pueden acabar democráticamente  con tanta discriminación. Más que a la democracia, hay que pedir cuentas a los que viven a costa de ella. Reivindicación , pues, de lo que debe ser la democracia que nos hemos dado, hacer leyes nuevas y  ajustarnos a los mínimos de una ética elemental. Son  los primeros pasos,  irreflenables,  de esa colectiva concordia que acude a  la Puerta del Sol :  “plaza de la solución”. “Si no nos vais a dejar soñar, no os vamos a dejar dormir”.

martes, 17 de mayo de 2011

Cristo Resucitado: Un Enfoque.

NO LO BUSQUEIS ENTRE LOS MUERTOS 

                
                            Nunca, de nadie,
         en ningún lugar, se dijo lo que de Jesús: ha resucitado”.
                                                  
                                                                 


            Esta es, para los cristianos, una creencia que viene desde el principio, es como el centro de su fe y la base  para el reconocimiento de Jesús como Mesías y Señor. Al mismo tiempo, con la resurrección de Jesús, albergamos la esperanza de nuestra propia resurrección.
         ¿Cómo surge esta fe en la resurrección de Jesús?
         Al tratar de este tema, nos encontramos con la postura de quienes afirman  “que al cuerpo de Jesús  no le sucedió en Pascua nada en absoluto, sino que siguió descomponiéndose, como un muerto más. Jesús no resucitó”. Otros la admiten porque eso es lo que afirma la Biblia y porque  “si El era hijo de Dios”, ¿qué otra cosa cabía esperar?
         Para aclarar, disponemos de dos cosas absolutamente claras: la tumba vacía y los encuentros con Jesús resucitado.
          La idea de la resurrección existía ya en la creencia judaica, pero tal como se daba no podía generar la creencia en la resurrección de Jesús.
La creencia se genera por la historias de la tumba vacía  y por las apariciones  de Jesús a la gente, vivo de nuevo. Pero conviene recalcar que la tumba vacía, por sí sola, no pudo generar esa creencia; sin la circunstancia de los “encuentros”  con Jesús, hubiera resultado un enigma angustiante. Podía haber dado lugar para pensar en la práctica bastante común del robo de las  tumbas, pero el solo hecho de la tumba vacía no habría llevado a nadie en el mundo judío y  pagano a hablar de resurrección de Jesús.
Nadie esperaba que a un individuo muerto le pudiera ocurrir la resurrección. Ni los mismos discípulos esperaban que esto pudiera sucederle a Jesús. De no haber incurrido otra cosa inusitada, nadie hubiera dicho que Jesús era el Mesías y el Señor del mundo.
En la tumba quedaron, ciertamente,  los lienzos funerarios de Jesús, pero dan a entender  que algo nuevo había ocurrido: nadie se había llevado el cuerpo de Jesús y, sin embargo, el cuerpo se había liberado de ellos.
Del mismo modo, los encuentros con Jesús, por sí solos,  no bastan para admitir la resurrección. Se podían interpretar como visiones angélicas o como proyección de sentimientos de culpa o pena, o como sueños tenidos con la persona fallecida. Pero dichas  prácticas con ser comunes no habían llevado a nadie a decir que tal o cual difunto había  resucitado.
La tumba vacía, por sí sola, resulta insuficiente para admitir esa creencia y los encuentros, por sí solos, también. Los primeros cristianos admitieron  que ambas cosas : la tumba vacía y los encuentros iban unidos. Las historias de la  tumba vacía siempre fueron contadas como historias  de que el Jesús que se estaba apareciendo  estaba en continuidad corporal con el cadáver que había ocupado la tumba.  Ambos elementos brindan una razón sólida para la creencia: el cuerpo de Jesús había desaparecido, pero se había descubierto  que su persona  estaba completamente viva de nuevo, se había mostrado el mismo hablando, comiendo y bebiendo con la gente a que se aparecía.
Si el cuerpo de Jesús  de Nazaret hubiera permanecido  en la tumba, no se habría producido esta antigua y primitiva creencia  cristiana. Ya podía decirse que los discípulos se habían inventado  esta creencia, debido a que el ambiente en que vivían les llevaba a hablar de resurrección.  Nunca antes, de ningún otro líder, héroe o aspirante a Mesías judíos se dijo que había resucitado de entre los muertos. La circunstancia de la tumba vacía, combinada con la de las apariciones, resulta condición necesaria para generar esta creencia.
Las apariciones son, pues, un complemento  del descubrimiento de la tumba vacía y  convierten          en suficiente una condición que,  por sí misma, era insuficiente.
Es legítimo pensar que los discípulos tuvieran sueños  sobre Jesús, pero los solos sueños no bastan para que judíos y paganos hubieran podido afirmar que Jesús había resucitado. La creencia cristiana habla de continuidad  de la persona  concreta fallecida  y, al mismo tiempo, de transformación: Jesús aparecido es indudablemente corpóreo pero su cuerpo posee propiedades sin precedentes y hasta entonces inimaginables.
Quedan, pues, claras dos cosas: que hay continuidad entre el Jesús que había muerto y el que  en ese momento está vivo;  y  la transformación operada en la índole de su corporalidad: “La combinación de tumba vacía  y apariciones de Jesús vivo constituyen  una serie de circunstancias que   es en sí misma  necesaria y suficiente  para la aparición de la  creencia paleocristiana” ( N.T. Wright, La resurrección del Hijo de Dios, VD, 2008, pg. 846).
Lo dicho hasta aquí, sigue siendo indemostrable  desde una perspectiva pitagórica, matemática. Con la historia casi nada queda descartado de manera absoluta; después de todo,  la historia es en su mayor parte  el estudio de lo inusitado y lo irrepetible. “Los primeros cristianos  no se inventaron lo de la tumba  ni los “encuentros” o “vistas”  de Jesús resucitado con el fin de explicar una fe que ya tenían.  Adquirieron esa fe debido  a que esos dos fenómenos se dieron  y se dieron de manera convergente.   Nadie esperaba  algo así.  Decir otra cosa es dejar  de hacer historia  y adentrarse en un mundo  de fantasía personal, una nueva disonancia cognitiva, en la cual el implacable modernista, desesperadamente preocupado por el hecho de que la cosmovisión posilustrada  parezca en peligro inminente de hundimiento, idea estrategias para apuntalarla, pese a todo (N.T. Wright,  Idem, pg. 859).
A partir de aquí, es explicable que los cristianos empezaran, sorprendentemente pronto,  a considerar el primer día de la semana  como su día especial; que nadie entre ellos  venerara –no hay prueba alguna de ello- la tumba de Jesús ni que nadie  intentara realizar un enterramiento secundario de Jesús, lo cual no deja de ser importante, pues de haber seguido el cuerpo de Jesús en la cueva, al cabo de un tiempo (entre seis meses y dos años) los familiares y amigos hubieran comprobado su descomposición, hubieran recogiendo con reverencia los huesos  y los hubiesen guardado en un osario o en alguna otra ubicación cercana. Es lo que José de Arimatea habría esperado hacer con los huesos de Jesús.
 Pero, la Iglesia primitiva, con Saulo de Tarso, el perseguidor,  al frente, empezó a proclamar que Jesús había resucitado de entre los muertos. El historiador llega a concluir que  la tumba vacía y los encuentros  con Jesús  son acontecimientos históricos, es decir, reales e importantes y que, sin ellos no se puede dar razón del cristianismo: “Las creencias y costumbres generalizadas  de los primeros cristianos sólo son explicables  si suponemos que todos ellos creían  que Jesús fue resucitado corporalmente  en un acontecimiento pascual parecido  a las historias que cuentan los evangelios; la razón por la que creían  que fue resucitado corporalmente  era que la tumba estaba vacía   y que, a lo largo de un  de un breve período posterior,  se encontraron con Jesús en persona, que tenía todo el aspecto  de estar corporalmente vivo otra vez” (N.T. Wright, Idem, pg. 863).
          Nunca, de nadie, en ningún lugar, se dijo lo que de Jesús: ha resucitado.

Benjamín Forcano

San Romero de las Américas

EL PUEBLO LO PROCLAMA

SAN ROMERO DE AMÉRICA LATINA


Mons. Oscar Amulfo Romero fue asesinado, mientras celebraba la Misa, en San Salvador, el 24 de marzo de 1980. Creo que Pedro Casaldáliga tiene plena razón al decir que "El pueblo, amado, buscado, asumido pastoralmente, en sus angustias y en sus reivindicaciones, lo hizo santo. Y santo lo viene declarando desde su muerte-martirio y como santo lo venera sobre todo en la catedral-catacumba de San Salvador. El verdadero proceso de canonización del buen pastor Romero ha de ser el proceso de la asimilación de sus causas y actitudes".
Nunca mejor dicho: aparece aquí lo que fue procedimiento normal en el primer milenio de la Iglesia: el pueblo proclamaba santo a quienes consideraba modelos. Es en el año 993 cuando se da el primer santo canonizado por el Papa. Y en el siglo XII, Alejandro XII prohíbe la designación de santos "sin la autoridad de la Iglesia Romana".
Esto hizo que, a partir de entonces, fueran considerados santos gente de la clase alta y media, que se habían distinguido por sus "servicios" a la Iglesia. Examinando el santoral católico, encontramos que el 78 % de los santos y beatos han pertenecido a la clase alta , el 17 % a la clase media y sólo el 5 % a la clase baja. ¿Significa esto algo? A primera vista, sí, que los motivos por los que determinadas personas subían a los altares y las virtudes por las que eran declaradas santos, no eran precisamente las que adornaban a Mons. Romero decidido radicalmente a favor de los pobres, incluso hasta el martirio. Yo tuve la suerte de conocer a este obispo en San Salvador, el 28 de agosto de 1978, en la misa que las ocho de la mañana celebraba para el pueblo. Este le escuchaba y, de vez en cuando, le interrumpía con aplausos. Hora y cuarto le duró la homilía.
Pude verle y hablar con él en Madrid, dos meses antes de ser asesinado. Ya para entonces Mons. Romero había sido propuesto por  118 parlamentarios ingleses para el Premio Nobel de la Paz. Y la Universidad Georgetown de Washington y la Universidad católica de Lovaina le habían otorgado el Doctorado Honoris Causa.
Venía de Roma, muy triste. Había solicitado, un mes antes de llegar a Roma, entrevistarse con el Papa. Al no obtener respuesta, decidió viajar y, allí, aguardar a que le llamaran del Vaticano. Pasaron dos semanas y la llamada no llegaba. Entonces, para no regresar sin ver al Papa, optó por ir a la audiencia general del miércoles, al frente de un grupo de lationoamericanos. El Papa fue dando la vuelta a la gran sala y, al llegar a donde estaba Mons. Romero, le dijo: "¿Y Vd.?" - "Soy, respondió Romero, el Arzobispo de El Salvador" - "Pero, cómo, continuó el Papa, tenemos que vemos." "Entonces, entendí, me dijo Mons. Romero, que el Papa no estaba informado y que le habían sustraído mi petición".
Al día siguiente, le recibió el Papa. Pero, ya sobre su mesa, y antes de que Mons. Romero le entregara un grueso informe, el Papa tenía otro con valoraciones negativas. Ya lo dijo poéticamente Casaldáliga: "Pobre pastor glorioso, abandonado por tus propios hermanos de Báculo y de Mesa. (Las curias no podían entenderte, ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo...)."
Mons. Romero, como todo profeta, supo encarnarse en el pueblo: tuvo ojos para ver, oídos para escuchar y corazón para sentir.
Vio que el pueblo salvadoreño era en un 60 % campesino, que un 40 % era analfabeto, que un 80 % no tenía en sus champas agua ni servicios higiénicos y que más del 92 % carecía de energía eléctrica. Vio que una minoría rica poseía más del 75 % de la tierra.
Oscar Romero escuchó a su pueblo, le oyó reclamar justicia. Un grupo de 2.000 familias se oponía a todo cambio y mejora y persistía en mantener al pueblo resignado y esclavo. Y, al servicio de esas familias, había un gobierno, no elegido por el pueblo, y un ejército extrañamente reclutado y diabólicamente entrenado. Según datos bien contabilizados, en treinta meses (de enero del 81 a junio del 82) fueron asesinados 22.783 ciudadanos, de los cuales un 53 % eran campesinos, obreros, empleados y estudiantes.
Mons. Romero tuvo corazón y supo compadecer. Llegado a El Salvador con ideas moderadas y hasta con la determinación de acabar con las comunidades cristianas de base, hubo de sentir y compartir el llanto de su pueblo. Y, en medio de ese llanto, dijo: "Los pobres me han enseñado a leer el Evangelio". Y se convirtió. Y devino profeta. Y el profeta nunca es neutro.
Mons. Romero no inventa la pobreza de su pueblo, ni el egoísmo y la avaricia de los grandes, no inventa el despliegue represivo del Ejército, ni la omnipresencia decisiva del Gobierno de Estados Unidos. En febrero del 80 escribe al presidente Cárter para que no preste ayuda ni intervenga en los destinos de su país.
Mons. Romero está con todos, pero de una y otra manera. Está con los ricos para  combatir su riqueza y exigirles que dejen de oprimir; está con los pobres para que mantengan su dignidad y exijan sus derechos. Pide a los ricos que se despojen de su egoísmo y avaricia, que no alimenten el desespero del pueblo, que compartan los bienes, que cambien sus corazones de piedra en corazones humanos, que dejen de ensangrentar El Salvador con su violencia.
Pero los ricos, por muy cristianos que "sean", no se convierten. Y comienzan a calumniarlo acusándolo de comunista, subversivo, politizado, divididor de la Iglesia. Otros, los prudentes, los equidistantes, le consideran imprudente y equivocado.
Desde altas instancias se trabajó para que dejara su cargo de Arzobispo y para que no asistiera a la reunión de los obispos latinoamericanos de Puebla. Me consta –de fuente absolutamente fidedigna- que incluso se llegó a pedir a su médico personal que lo declarara loco para alejarlo de la diócesis.
A los hombres del ejército les pide que no obedezcan una orden de matar:
"Hermanos son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: No matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio qu de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!"

Estas palabras, transmitidas por la emisora ISAX del Arzobispado, fueron las últimas que oyeron miles y aun millones de oyentes de toda América Latina. Con ellas había firmado su sentencia de muerte.
Diez años más tarde, sus grandes amigos Ignacio Ellacuría y otros jesuitas, después de haber echado su suerte también con los pobres, se encontraron con el mismo dilema. El coronel Guillermo Alfredo Benavides, en vísperas del asesinato, dijo: "Ellos o nosotros". Y el 15 de Noviembre del 89, el alto mando militar tuvo una reunión para tratar los asuntos militares del día. Al concluir la reunión:: "todos ellos se tomaron de la mano e invocaron a Dios ".
Con razón al día siguiente de la matanza, en Tailandia, un pisano le preguntaba a Jon Sobrino: ¿Y en El Salvador hay que católcos que matan a los sacerdotes?
Una vez más se cumplían aquellas palabras: "Os matarán y creerán que hacen un obsequio a Dios". "Por vuestra causa es blasfemado el nombre de Dios en las naciones".
Amenazado de muerte, Mons. Romero rechazó toda escolta y protección: "Yo tengo que arriesgarme como cualquier otro ciudadano de mi pueblo en la lucha por la libertad” y entreviendo lo que le esperaba, dijo: "Un obispo morirá, pero la Iglesia, que es el pueblo, no perecerá jamás".

Mons. Romero, sin ser alzado por los caminos oficiales a la gloria de Bernini, será este 1 de mayo, aclamado por el pueblo de Dios como Santo.  A él le consumió el Reino de Dios, que él anunciaba como preferente para los más pobres y necesitados. A él le consumía la dignidad y derechos maltratados de los pobres y por ellos luchó, trabajó y vivió. Fue hermano, amigo, abogado, padre y padrino suyo. Y, por eso , los poderosos lo odiaron y mataron. Su palabra, su denuncia, su testimonio y su coherencia estuvieron en consonancia con la vida de Jesús. Y, como a él, lo eliminaron. Fue testigo de la verdad, voz de los sin voz, esperanza para los oprimidos y excluidos, bienaventurado por causa de la justicia y mártir por desobedecer al dios Capital. 

Benjamín Forcano


domingo, 15 de mayo de 2011

De Benjamín Forcano, un poema.


Vi e r n e s S a n t o

Maldita sea la cruz…
Maldita sea la cruz
que cargamos sin amor
como una fatal herencia.

Maldita sea la cruz
que echamos sobre los hombros
de los hermanos pequeños.

Maldita sea la cruz
que no quebramos a golpes
de libertad solidaria,
desnudos para la entrega,
rebeldes contra la muerte.

Maldita sea la cruz
que exhiben los opresores
en las paredes del banco,
detrás del trono impasible,
en el blasón de las armas,
sobre el escote del lujo,
ante los ojos del miedo.

Maldita sea la cruz

que el poder hinca en el Pueblo,
en nombre de Dios quizás.

Maldita sea la cruz

que la Iglesia justifica
- quizás en nombre de Cristo-
cuando debiera abrasarla
en llamas de profecía.

¡Maldita sea la cruz
que no pueda ser La Cruz!

Pedro Casaldáliga





Estos versos del obispo Pedro Casaldáliga, son un revulsivo frente al sentido expiatorio, que hemos dado a la cruz y jamás tuvo.

La cruz, en culturas anteriores al cristianismo, es símbolo del sol y de la vida. ero en otros pueblos y culturas (babilonios, egipcios, griegos, romanos...) se convirtió en instrumento de tortura y de muerte para esclavos, sediciosos y prisioneros enemigos.

Los que detentaban el poder, se creían hacerlo en nombre de Dios y en nombre de Dios (para tranquilidad de su conciencia) castigaban al culpable con el instrumento de la cruz.

Jesús fue uno más entre los miles de crucificados por amenazar al imperio de Roma y a la religión del Templo de Jerusalén. Una crucifixión realizadada por el poder más injusto y violento, no por la voluntad de Dios.

Los cristianos llegamos a interpretar la crucifixión de Jesús como un sacrificio y castigo queridos por Dios, debido a los pecados de la humanidad. Con esos pecados cargaba Jesús, el justo, su hijo, y así podía -a través de su muerte- expiar por ellos y reparar la ofensa de Dios. A este dios se han consagrado templos, doctrinas y prácticas penitenciales.

Ha sido uno de los más graves malentendidos de la historia y que todavía perdura en nuestros días.

Este dios sádico, gozoso de hacer sufrir a sus creaturas y que cuando lo ofenden, reclama airado expiación, es un dios ajeno totalmente a la vida y enseñanza de Jesús.

El Dios de Jesús es un Dios compasivo, con entrañas, volcado como una madre hacia el bien de todos. El Dios de Jesús no es el dios santo del Templo, que discrimna y excluye al pueblo y enaltece a los sacerdotes; que bendice a sus elegidos y maldice a los paganos; que bendice a los piadosos y observantes de Ley y maldice a los pecadores; que bendice a los sanos y maldice a los enfermos.

Para Jesús, lo que califica y define a Dios es su amor, su compasión; en su corazón caben todos: paganos, pecadores, impuros. Dios ama sin excluir a nadie. El Reino de Dios, que Jesús anuncia, no se va construir aniquilando a los enemigos y a los impíos, sino dando preferencia a los últimos de la sociedad, a los más necesitados , indefensos y olvidados.

A Jesús lo que le importa de verdad es el sufrimiento: la gente que sufre y la gente que hace sufrir. Y todo el que sufre o hacer sufrir necesita sanación, liberación.

Hoy sabempos perfectamente que el Dios de Jesús no pide sangre, ni sacrificios, ni inmolación alguna por nuestros pecados. Ese tipo de “religión” expiatoria no salva ni libera. El dolor no es lo que salva, sino aquello de lo que hemos de ser salvados.

Jesús fue violentamente asesinado – crucificado a las afueras la ciudad- no porque Dios lo pidiera o necesitara, sino por haber vivido como vivió: en bondad, en amor, en justicia, en libertad y compasión solidaria, solidaria sobre todo con los últimos y más necesitados.

Por eso, es bendito entre los crucificados, aunque es maldita su cruz y la de todos los crucificados.



Benjamín Forcano

enviado por Benjamín Forcano, teólogo, Madrid.

EL DERECHO A LA LIBERTAD RELIGIOSA
EN UN ESTADO ACONFESIONAL

La libertad religiosa es un derecho individual que debe ser regulado y protegido por la autoridad y ley públicas. Lo cual quiere decir que cada uno es libre para ser no creyente, creyente o creyente de una u otra religión. Y esta libertad se puede manifestar privada y públicamente, individual y colectivamente, con acciones diversas (enseñanza, práctica, culto, observancia), mientras se mantenga el orden público. (Cfr. Constitución Española, Art. 18 y Declaración Universal de Derechos Humanos, Art. 16, 3).

Por tratarse de un derecho, pertenece a lo que es debido en los actos y situaciones que afectan a derechos de los otros y, en tal caso, un Estado democrático debe arbitrar los medios para que se respete y cumpla lo que es debido.
En cada país la situación puede cambiar y, dentro de cada país, las situaciones pueden ser diversas. En España la historia nos dice que la Religión Católica fue desde el principio factor configurador de la vida individual y pública, sin presencia relevante de otras religiones. Aún hoy, el porcentaje de cuantos se declaran creyentes no católicos no alcanza el 5 %. En este contexto histórico, se entiende que las primeras Universidades fueran fundadas por eclesiásticos y que en ellas se establecieran como algo normal espacios para el culto, como así ocurrió también en los demás ámbitos e instituciones públicas. Este contexto se prolonga prácticamente hasta nuestros días y, es desde él con la entrada en la democracia , que en España se formulan nuevas leyes que superan toda discriminación religiosa: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal” (Constitución Española, Art. 16).

Hoy tenemos más claro este derecho de la libertad religiosa. La religión católica, no por ser mayoritaria, es la única válida y admite como normal convivir en respeto y paz con otras religiones, pero sin pretender equipararlas a ella en la predominante conformación de principios, hábitos y costumbres religiosas que ella ha ejercido sobre el pueblo español. Ese papel de destacada influencia indica la simbiosis religiosamente católica producida entre pueblo e instituciones. Y, llegado el caso, el pueblo lo activa en mil situaciones y actos. La religión, en este caso la católica, ha enseñado, ha educado y ha impartido un sentido de la vida que se expresa cotidianamente cuando, ante acontecimientos peculiares, el pueblo lo necesita y reclama.

Sería necio ignorar el papel no siempre correcto que, en este desenvolvimiento histórico, ha desempeñado la Iglesia católica. Son innegables los abusos de atraso, represión y despotismo ejercidos sobre el pueblo. Ya en el momento actual, los católicos tienen conciencia de este grave desfase, de la resistencia ofrecidas todavía por muchos a la renovación y puesta al día decretada por el concilio Vaticano II. El pueblo y numerosos teólogos han tomado en serio la fidelidad al Evangelio y el desvestimiento que esto conlleva de muchos lastres, errores y deformaciones del cristianismo histórico. No sé si, en otras instituciones civiles y religiosas, se ha dado el mismo empeño que en la Iglesia católica por este reajuste con el Evangelio y si se han dado tantos ejemplos de coherencia, libertad y martirio por llevarla a cabo, en la sociedad y en la misma Iglesia. Los abusos son los abusos y hay que combatirlos y erradicarlos. Pero brillan también los ejemplos de una Iglesia digna, libre y comprometida, que suscitan pasión, fuerza y esperanza entre millones y millones de católicos. En todo caso, los abusos no borran ni oscurecen lo que es el derecho a la libertad religiosa.
Viene a cuento señalar que entre lo laico y religioso no hay contradicción. La habría si pensamos que “religioso” representa al sector clerical, con el poder dominante y excluyente que ha desempeñado en la historia y lo laico lo que se le opone. Pero, en su acepción original, laico es lo mismo que proveniente del pueblo, ciudadano modernamente, más clásicamente persona. En este sentido, todas las religiones son laicas, formadas por ciudadanos o personas. Y el hecho de ser persona es lo que nos otorga el derecho a la libertad religiosa. Por tanto, la laicidad es un propio de todas las religiones y de todas las personas. Y más que hablar de Estado laico -sinónimo para muchos de antirreligioso- hay que hablar de Estado aconfesional, como lo hace la Constitución.
Ni se puede, siguiendo el razonamiento, seguir contraponiendo ciencia a religión, razón a fe, realismo y amor a la vida a alineación religiosa. Lo habrá sido muchas, demasiadas veces. Pero, hoy mi fe católica me enseña que el primer artículo de mi credo contiene la fe en el hombre: su dignidad y sus derechos. Y ese artículo es parte esencial de mi fe. No sólo eso, sino que donde hay atraso, injusticia, alienación, desigualdad, sometimiento, esclavitud y humillación me siento crítico e independiente, fraternal y solidario con la fuerza de la ética, pero reforzada con el espíritu de las bienaventuranza evangélicas y de sus radicales exigencias de amor, fraternidad, igualdad y justicia universales y de preferencia por los últimos o los que menos cuentan en la sociedad. A mí, el rezo o meditación sobre la talla humana de Jesús Nazareno, lo haga en una capilla o en cualquier otra parte, me impulsa a sentirme gozoso con el valor de la razón y de la ciencia, a pensar y ser libre, y hacerlo de pie, sin arrodillarme ante ningún poder injusto.
Es indudable que la Iglesia católica ha utilizado en su beneficio relaciones y tratos con el Estado que le han eximido de deberes comunes y le han cercenado su misión de actuar con justicia y libertad y como Iglesia de los pobres. En ese frente nos uniremos con quien quiera que sea para exigir cambio y coherente reforma.
Conviene subrayar que ser creyentes católicos y serlo mayoritariamente en la sociedad española es una connotación propia, expresión de un derecho que el pueblo ha vivido y proyectado como suyo. Aplicar este derecho a actos y situaciones públicas, con presencia mayoritaria, no quiere decir que se le haga una exención a la religión católica, un privilegio, sino reconocer la realidad de un sujeto real que legítimamente trata de vivir y actuar conforme al derecho que le asiste.
El problema no parece que debamos complicarlo. En España existen hoy otras religiones que la católica y existen gentes que no creen. ¿La legislación actual asegura que las demás religiones actúen conforme al derecho que les asiste? ¿Tienen espacios públicos para el ejercicio de su libertad religiosa? ¿Si lo piden, se les impide? ¿Los Acuerdos del 1979 entre el Estado Español y la Santa Sede reconocen este derecho a la libertad religiosa, sin excluir a las religiones que lo soliciten, o está en contradicción con la Constitución Española?
Leyendo los Acuerdos de 1979, uno no sabe si hoy existen otros acuerdos que atiendan proporcionalmente a las demás religiones. En todo caso, esos Acuerdos afirman claramente que “ Se debe salvaguardar el derecho a la libertad religiosa de las personas y el debido respeto a sus principios religiosos y éticos” y “evitar cualquier discriminación o situación privilegiada”. Lo que aquí se dice, se convierte en denuncia, en aquello en que, después de más de 30 años, no ha sido cumplido: “La Iglesia católica tiene el propósito de lograr por sí misma los recursos suficientes para la atención de sus necesidades”. ¿Cuándo dará por cumplido ese plazo?
No hay duda de que una lectura de los Acuerdos, desde las circunstancias actuales, lleva a introducir determinados cambios. Habrá que analizar en qué aspectos y por qué, tratando de abrir un debate público que alcance a todas las instancias sociales y culturales, para que llegue lo más maduro posible al hemiciclo parlamentario.
En nuestra sociedad democrática, hay muchos caminos para ejercer la crítica, demandar cambios y proponer reformas y lograr que el derecho a la libertad religiosa, lejos de crispar infantilmente la convivencia, sirvan para asegurar el derecho, la libertad y tolerancia de todos.

Benjamín Forcano